Katamari

 Nuestra cabeza era el cálido recipiente, el hervidero febril nacido en las ígneas mañanas de verano. Nos despertábamos con el peso insoportable del sudor y con el peso aún más terrible de la interrogación sempiterna. 

¿Y ahora qué hacemos? ¿Cómo llenar los espacios huecos de esas existencias vacías? Desayunar se convertía entonces en algo más que en un acto alimenticio; era la posibilidad de romper ese esquema de inacción que parecía tan tentador nada más recobrar la conciencia, y a partir de ahí podían engancharse otras cosas. Éstas se adherían a veces a esa chispa primigenia de vitalidad, casi insignificante en sí misma, configurando una especie de katamari absurdo. 

“Tal vez, con él podamos arrastrar el mundo” pensaba. Pero antes de que fuese lo suficientemente grande, las luces se apagaban y había que echarse de nuevo, cerrar los ojos y reconocer que todo volvería a empezar cuando se abrieran de nuevo.


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