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Mostrando entradas de septiembre, 2024

El erial

       Me he borrado del mundo, pero sólo parcialmente, sólo a ratos. Pensaba en mi casa como en un erial, porque nada de lo que pase, ni dentro ni fuera, ha sido suficiente.     Concepto de erial: Espacio vacío. Podría ser peor, podría haber una distancia infinita entre varios vacíos eternos. Si me hubiese quedado atrapada allí mismo, si hubiese intentado saltar de uno a otro de esos abismos, y tras calcular mal, hubiese terminado justo en el medio... ¡Qué triste sería! ¡Y qué poco fiel ese medio a otro medio cualquiera, a un "en medio" que no se situara en el vacío!     Reconocer lo inmaterial que hay tras la puerta, implica vislumbrar una angustia inabarcable a causa del aire que nos constriñe en su nada, o al menos en su invisibilidad. Ser invisible no es exactamente una representación perfecta de la nada, pero se parece demasiado a eso, a veces.

El cuadrado

     Las gradaciones de lo inconcebible, que se alejan de ese cuadrilátero extraño, resultan sumamente edificantes. Al salir de la cárcel, en cuyo diseño inhumano hubiésemos podido colaborar incluso de modo involuntario, siente una esa satisfacción inenarrable. Es una satisfacción, eso sí,  que viene seguida por pequeñas desgracias.        Hasta arriba, hasta las nubes, llegaban bizarras balas teledirigidas por mentes criminales, que buscaban insertarse en nuestra piel, en nuestra carne, en nuestro cuerpo, en nuestro cerebro. Al elevarnos más y más, de modo natural y gradual iba disminuyendo nuestro público, pero seguían escuchándose ese cúmulo de voces, empeñadas en reivindicarse como voces disidentes.       Tuvimos que ver, también a nuestra insigne y escasa compañía, alcanzada por los proyectiles, pero nuestras alas no se rendían; nuestra composición corpórea y espiritual no cedía antes las presiones y los ataques de los de ...

La sombra

       No son ellos, son sus sombras las que agreden.      Se despegan de sus cuerpos de un modo mágico; mientras duermen, mientras están despiertos... No puede saberse con certeza el instante en el que va a suceder. Puede pasar en cualquier momento: Aquí y ahora.       Alguien dijo que a uno de ellos lo había poseído el zorro de las nueve colas y qué ése, concretamente, era el peligroso. Señalaron a ese individuo, que formaba parte de esa enorme colectividad en la que también estaban incluidos, para obtener un chivo expiatorio que les permitiese seguir con sus vidas, a pesar de que en las miradas de muchos de estos delatores, se traslucía cierto sentimiento de dolor por traicionar a un compañero.        Todo el mundo lo señalaba y dormía, se tumbaba tranquilamente en su espacio de paz y tranquilidad, en aquél en el que las pulsiones terribles y homicidas parecían desaparecer.      Pero a veces un ...

Con hachas, con pistolas y con mosquetones

       Aceptamos la posibilidad de que, tras las esquinas, estuviesen esperando esos seres fatídicos, aunque eso limitase nuestros movimientos. Poca gente sabía de los rodeos que teníamos que dar para no cruzarnos con ellos, poca gente quería darse cuenta. Pero cuando expandieron el abismo, más allá de cierta línea imaginable y arbitraria, alguien pareció molestarse un poco.      -Tendremos que salir con hachas, con pistolas y con mosquetones-. Exigió, con acento decidido, aquella eminencia dinámica que nunca bostezaba.      ¡Y qué aburrido sería constatar que hubo críticas, que hubo quien habló de ciertos peligros! No reproduciremos esas voces, puesto que está claro que no son el punto esencial de este asunto.     Se prepararon las hachas, las pistolas y los mosquetones y el grupo indeterminado de valientes se enfrenó con decisión a todo eso. Pero ¡oh eminencia dinámica que nunca bostezaba! Tú ibas por delante y te expusiste a...

La autoconciencia

 Era más que una garra pálida, más que la capacidad de sus uñas eternas para arrancarnos la piel. Era el portentoso mensaje que nos abre las carnes, aquello con capacidad de quebrar cualquier conciencia tranquila y equidistante.      Cuando entrábamos en la sala del descanso, o en la sala del pensamiento, ahí estaba. Ahí estaba.       Hacía que nos levantásemos de la cama; hacía desaparecer la cama y colocaba en las paredes, feroces pinchos de hierro al rojo vivo, para que no pudiésemos apoyarnos en ellas tampoco.      El suelo se tambaleaba también, y nos sentíamos inseguros: "¿Qué será de nosotros?", nos preguntábamos. No había ninguna superficie que no fuese ambigua, engañosa, que no mostrase su hostilidad hacia nuestras personas.      ¡Qué difícil es sobrevivir a su toque sin aceptar que nos engulla!       Pues tras su molesta presencia, detrás de los dientes de la boca que había establecido en...