El cuadrado

     Las gradaciones de lo inconcebible, que se alejan de ese cuadrilátero extraño, resultan sumamente edificantes. Al salir de la cárcel, en cuyo diseño inhumano hubiésemos podido colaborar incluso de modo involuntario, siente una esa satisfacción inenarrable. Es una satisfacción, eso sí, que viene seguida por pequeñas desgracias.
       Hasta arriba, hasta las nubes, llegaban bizarras balas teledirigidas por mentes criminales, que buscaban insertarse en nuestra piel, en nuestra carne, en nuestro cuerpo, en nuestro cerebro. Al elevarnos más y más, de modo natural y gradual iba disminuyendo nuestro público, pero seguían escuchándose ese cúmulo de voces, empeñadas en reivindicarse como voces disidentes. 
    Tuvimos que ver, también a nuestra insigne y escasa compañía, alcanzada por los proyectiles, pero nuestras alas no se rendían; nuestra composición corpórea y espiritual no cedía antes las presiones y los ataques de los de abajo. Desde arriba, analizábamos ese panorama tan desolador y enmudecíamos, más que ante los ataques realizados, ante la realidad de que hubiese tantos seres dispuestos a vivir como puercos. 

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