La autoconciencia

 Era más que una garra pálida, más que la capacidad de sus uñas eternas para arrancarnos la piel. Era el portentoso mensaje que nos abre las carnes, aquello con capacidad de quebrar cualquier conciencia tranquila y equidistante.
    Cuando entrábamos en la sala del descanso, o en la sala del pensamiento, ahí estaba. Ahí estaba. 
    Hacía que nos levantásemos de la cama; hacía desaparecer la cama y colocaba en las paredes, feroces pinchos de hierro al rojo vivo, para que no pudiésemos apoyarnos en ellas tampoco.
    El suelo se tambaleaba también, y nos sentíamos inseguros: "¿Qué será de nosotros?", nos preguntábamos. No había ninguna superficie que no fuese ambigua, engañosa, que no mostrase su hostilidad hacia nuestras personas.
    ¡Qué difícil es sobrevivir a su toque sin aceptar que nos engulla! 
    Pues tras su molesta presencia, detrás de los dientes de la boca que había establecido entre sus dedos para masticarnos, ha habido siempre un mundo cómodo, recreado con plastilina.

Comentarios

Entradas populares de este blog

El erial

Molly Bloom

En las cloacas