La sombra

     No son ellos, son sus sombras las que agreden.
    Se despegan de sus cuerpos de un modo mágico; mientras duermen, mientras están despiertos... No puede saberse con certeza el instante en el que va a suceder. Puede pasar en cualquier momento: Aquí y ahora. 
    Alguien dijo que a uno de ellos lo había poseído el zorro de las nueve colas y qué ése, concretamente, era el peligroso. Señalaron a ese individuo, que formaba parte de esa enorme colectividad en la que también estaban incluidos, para obtener un chivo expiatorio que les permitiese seguir con sus vidas, a pesar de que en las miradas de muchos de estos delatores, se traslucía cierto sentimiento de dolor por traicionar a un compañero. 
    Todo el mundo lo señalaba y dormía, se tumbaba tranquilamente en su espacio de paz y tranquilidad, en aquél en el que las pulsiones terribles y homicidas parecían desaparecer.
    Pero a veces un rayo de sol incidía sobre la cabeza de alguien, de un transeúnte que paseaba apaciblemente por la calle. Parecía más bien un trueno que había impactado directamente en su cerebro. Se proyectaba a modo de sombra mientras el golpeado seguía caminando, y surgían de repente esos impulsos, ya lo hemos dicho; algo así como un ansia de muerte. Cuando llegaba a casa sentía, pues, ese deseo de dominación insoslayable con respecto a aquella persona con la que cohabitaba. 
    Pero nadie decía nada de eso porque  ya tenían a ese zorro de las nueve colas para proyectar sus abyecciones. ¿Cómo podría pedirse más?

Comentarios

Entradas populares de este blog

El erial

Molly Bloom

En las cloacas